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De los houses - Pertenecer tiene sus privilegios








La semana pasada tuvimos una de las fiestas más importantes del pueblo. Se llama Schützenfest y se parece bastante a los "houses" que los colegios ingleses importaron a la argentina. No se si todos tenían houses, de hecho para mi era un concepto desconocido hasta que fui a la universidad y conocí a otros tantos compañeros que venían de otras realidades. En cualquier caso, bastante parecido a lo que ves en las películas de Harry Potter.

Me detengo por un minuto en mi colegio y después vuelvo a la fiesta del pueblo. Viví toda mi vida en Belgrano y el colegio que eligió mi madre para nosotros, bastante a pesar de la opinión de mi padre, fue el Esquiú. Lo voy a definir como un colegio con pretensiones, en el sentido de que era un colegio de familias católicas, donde la mayoría de los padres eran profesionales. Ahora también lo puedo definir como lo que no era: no era el colegio al que iban todos los tenían más plata o pertenecían a alguna comunidad, como la italiana, la francesa o la alemana, que era la que hubiera elegido mi padre. 

En definitiva si lo defino como un house, era el house de los que no pertenecíamos a algo. Nos unía en todo caso la base religiosa que dicho sea de paso, también era bastante amplia: católicos, no necesariamente practicantes.  Lo gracioso era que a todos los demás que no iban a nuestro colegio, los definíamos como "grasas" o "pardos". De hecho había otro colegio parecido al mío, a 2 cuadras llamado "el Chester" que para nosotros no eran más que unos bobos con guita. Unos blanditos que no se bancaban y a los que al final de cuentas les liquidaron el colegio para hacer unas mega torres a las que seguramente se mudaron algunos de sus padres. 

En ese contexto,  el hijo de una familia católica practicante (fuerte) y con ascendencia alemana, era un sapo de otro pozo: no iba al colegio de mi comunidad, no sentía pertenencia alguna al que me tocó en suerte y todos los demás me parecían una grasada. No resulta extraño que haya rogado por tener una institutriz inglesa y quedarme en mi casa sin tener que ir a mi "House". Ahora ese es un problema distinto y en todo caso me habra preparado para esta otra realidad.

Y en el Schützenfest me pasa lo mismo: yo no tengo absolutamente nada que hacer ahí. Son 4 días en los que los hombres se visten con los trajes de militar de su correspondiente Brüderschaft (una hermandad que parece una logia) y ellas van a acompañar a sus maridos, novios, o a buscar uno. Me quedaría conseguirme un traje de esos y hacerme pasar por un nuevo Schützer a ver si ligo algo, solo que es demasiado esfuerzo para este Argentino añoñado que prefiere 1000 veces el off road que la via directa. Así estoy y así me va en esta sociedad estructurada en la que los que elegimos hacer "la nuestra" somos penalizados con la ignominia. A los tibios, el olvido y poco más que eso. Juro que me lo hicieron sentir. Ellas por lo menos me dejaron saber que a lo mejor en otro momento, cuando baje la espuma de los trajes militares, tal vez me toque. Con o sin traje, un hombre es un hombre y siempre falta alguno. 

Es la misma semana en la que además, producto de la ingesta alcohólica que acompaña la fiesta popular (no participar activamente no me eximió de tomar) decidí que lo mejor que puedo hacer con mi vida es focalizarme en lo que me gusta y dejar que el resto fluya y siga su camino. Lo que no tiene solución no puede ser nunca un problema. Al final del día es lo mismo que hice con el colegio al que nunca pertenecí. Y en el cambio tuve la suerte de conocer a San Agustín y dejarme abrazar por su historia y su búsqueda.

De hecho si tuviese que elegir un house, sería esa: la de los que buscamos la verdad y por ende la felicidad. San Agustín la encontró adentro suyo. Yo a veces tengo miedo de mirar, supongo que si miró bien, más allá de toda la mugre, también la voy a encontrar y voy a volver a ser feliz. 

Hasta ese momento, a seguir cuchareando dulce de leche y nutella. No hay felicidad en ello, es solo un buen dulce. Si le pongo malbec, además ya va tomando color. Hay que estar entonado para poder también aceptarse  como uno es. 

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