"No pido perdón, ¿para qué? si me va a perdonar, porque ya no le importa...siempre tuvo la frente muy alta, la lengua muy larga y la falda muy corta".
Joaquín Sabina - 19 días y 500 noches
Lo decía el otro día en mi cuenta de Twitter: llevo vividas un par de vidas y la de bodeguero en Alemania no entraba en la imaginación de nadie, mucho menos en la mía.
Bueno, tal vez no tanto. De acuerdo a la historia que contaba mi padre sobre el árbol genealógico de su familia, había una suerte de antecesor que era el catador en la corte del rey. Entonces tal vez por ese lado puedo conectar un poco esto con aquello y también recordar, tal como contaba la semana pasada, que una parte de mi familia alemana tenía una fábrica de fundición de metales.
Entiendo que el final de la primera guerra mundial terminó, por motivos obvios, con la fundición de metales, la fábrica se desmanteló y la familia encontró otra forma de vida en otra parte del mundo. Mi tío además cuenta que parte de las balas de cañón que rodean a la Siegessäule en Berlín fueron fabricadas en la fábrica familiar, lo que no haría más que confirmar que no solamente se fundían metales.
En cualquier caso, el recuerdo más notable de esa época, es una lampara de escritorio maciza con forma de estatua que, según la historia familiar, tiene la cara de mi bisabuela.
Y acá estoy yo, tratando de reescribir la historia en el sentido inverso, cambiando balas de cañón por vinos y haciendo lo imposible por tratar de montarme encima de un negocio de vinos que fracasó para aprovechar la estructura para armar algo más grande. Podré? Yo digo que si, que el mundo es uno de valientes y que ya nada más puede pasar.
Haciendo un breve raconto de mi propia historia, yo también fracasé varias veces. En realidad debería decir que me tuve que reinventar, porque fracasar sería abandonar la pelea. Lo mío fue más de buscar caminos y empezar de cero nuevamente. Claro que no es igual a los 20 que a los 50, ahora nunca es tarde y tengo un mandato que cumplir. Yo vine a Alemania a devolverle el brillo al apellido familiar.
Tal vez debería decir que vine a revalidarlo. El apellido que se fue de Alemania brilló y seguirá brillando en Argentina. Mi padre siempre va a ser recordado como lo que fue: un gran médico, un tipo cariñoso y recto que siempre tuvo en claro cuál era su lugar en el mundo.
La cuestión es que esta semana estuve en Hamburgo cerrando un acuerdo para comprar exactamente 18692 botellas de vino de un importador que está cerrando su negocio y del que solo puedo decir buenas cosas. Lo visité en su oficina, que ahora está ubicada en su depósito y pude entender en primera persona el amor que le puso a su trabajo y el dolor que significa para él tener que cerrar este capítulo.
Fue tal el impacto de la visita que cuando salí de la charla decidí que no iba a cerrar el acuerdo. Por un lado me había quedado sin energía para continuar por el dolor que me transmitió y por el otro me di cuenta de que no importa cuanto lo intente, nunca voy a poder reemplazar a alguien de la generación anterior. Son seres de otro planeta, hacedores que no saben lo que significa la palabra descanso y siempre están planeando lo que viene después.
Unas horas después, ya en casa y con una copa de vino en la mano pude recapacitar y entender que no hay bien o mal. Hay simplemente gente que hace las cosas y otros que las ven pasar. Yo me vine porque soy de los que hacen, los que siempre ponen la cara y de los que se animan. O al menos lo intentan.
La vida es eso que pasa mientras comés nutella y dulce de leche. Con casi 19.000 botellas de vino en mi inventario, no me voy a echar para atrás. Muchas gracias Sr. Höfferle por la confianza que depositó en mi persona. Prometo hacerlo lo mejor que pueda. En juego, mi apellido, el mismo que vine a revalidar. Aunque me cueste otras 500 noches.
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